Algunos viajes nacen de un plan, otros de una promesa. Naranjito, en la provincia de Guayas, fue para nosotros mucho más que un destino: fue el reencuentro con una historia sembrada en Chile y cumplida en tierras ecuatorianas.
Hay viajes que uno planea, y hay otros que nacen de promesas. Este tramo de nuestro camino fue eso: la materialización de una promesa hecha muchos meses atrás, cuando la Gordachov recién llegaba a nuestras vidas, cuando Ecuador era solo un nombre más en el mapa.
Llegar a Naranjito fue mucho más que cruzar una frontera. Fue volver a encontrarnos con una historia que habíamos sembrado en Chile, y que nos esperaba con los brazos abiertos en medio del calor tropical, las bananeras infinitas y una familia que no olvidó nuestras palabras.
Empezamos a dejar atrás Perú, con una sensación de nostalgia, y al mismo tiempo, con una felicidad que nos desbordaba… Estábamos por cruzar al cuarto país de nuestra ruta: el tropical Ecuador.
Seguimos manejando hacia el norte, y al cruzar la frontera, lo primero que vimos fue una bandera gigante ondeando con fuerza. Empezábamos un nuevo país, pero esta vez no lo comenzaríamos solos: porque desde que dejamos Chile, venimos acompañados de una historia que necesitaba cerrarse, o más bien, cumplirse.
Con toque de queda encima por la situación política que pasaba Ecuador en esos días y 250 kilómetros más por recorrer hasta nuestro destino, la meta era clara: llegar a la casa de los papás de Deisy, nuestra amiga ecuatoriana que vive en Chile, específicamente en Naranjito.
Casi a medianoche, tras manejar por carreteras oscuras y desconocidas para nosotros, recorrimos pueblos dormidos hasta que al fin, nos bajamos de la Gordachov agotados del viaje y asustados por haber incumplido el toque de queda. Pero todo el susto desapareció rápidamente cuando nos dimos cuenta de que ahí estaba Pedro, el tío de Deisy, esperándonos con una sonrisa. Y detrás de él, estaban ellos: Junior y Danny, que al vernos llegar, corrieron con la energía que caracteriza a los niños, como si fueran las tres de la tarde. Nos estaban esperando, ansiosos, y nos recibieron con un fuerte abrazo, como si fuéramos parte de su familia.
Esa noche fue mágica. A penas llegamos a Naranjito, entregamos los regalos que sus padres les habían mandado desde Chile. Y en menos de cinco minutos, todo estaba abierto, repartido, compartido y celebrado. No hay felicidad más pura que la de un niño abriendo un regalo con su nombre. No hay mejor recompensa que cumplir una promesa.
Al día siguiente, el día partió limpiando a la Gorda —que venía tapada de tierra del camino— mientras los niños se subían al techo con la Jesu para explorar nuestra casita rodante. Después, una sorpresa nos estaba esperando: Don Manuel, el papá de Deisy, nos regaló frutas recién cosechadas de los árboles. Eran mangos, que estaban tan jugosos, que todavía recordamos como el jugo se desbordaba por la cáscara. Y como si fuera poco, los niños también quisieron darnos algo: el primer imán de Ecuador, para que lo lleváramos siempre con nosotros en el sector que tenemos destinado para los recuerdos del viaje. Un regalo chiquitito, pero con un valor enorme; un símbolo de encuentro, cariño y gratitud.
Y como en todo buen reencuentro latinoamericano, no faltó la comida: nos prepararon los patacones crujientes más ricos que hemos comido, y un desayuno que nos dejó el corazón lleno, y que luego nos aventuramos a cocinar gracias a las deliciosas Recetas Ecuatorianas.
Pero Naranjito aún tenía más para darnos.




La familia Chuya Marcillo, nos organizó un paseo por los alrededores de su pueblo, y lo más lindo de todo es que nos subimos todos arriba de la Gordachov, como si fuéramos una banda de primos en vacaciones. Recorrimos caminos tropicales, pasamos por ríos donde nos pegamos un chapuzón para pasar el calor, subimos al mirador de Bucay y nos emocionamos cuando vimos una imagen enorme de la Virgen del Carmen —que es la patrona de Chile— y lo sentimos como un guiño precioso del destino.
De vuelta a la casa, pasamos al mercado de frutas, porque para nosotros no hay nada más rico que disfrutar de la fruta fresca que nos ofrece cada lugar que visitamos.
Al día siguiente… sin entender nada, nos sorprendimos cuando sonó la puerta de la casa, y al abrir, nos dimos cuenta de que era la prensa. Literal. La Gordachov había causado tanta curiosidad en nuestro paseo por el pueblo, que llegaron tres medios distintos a entrevistarnos. En la puerta de la casa se armó un set improvisado: cámara, micrófono y vecinos mirando. Fue caótico y lindo a la vez. No estábamos preparados para algo así, y menos acostumbrados a dar entrevistas. Nos preguntaron de todo, desde el viaje hasta nuestra historia. Fue raro, emocionante, divertido… pero sobre todo, fue una muestra más de lo especial que estaba siendo esta parada.
Antes de irnos, como agradecimiento, llevamos a Danny a comprar sobres del álbum del Mundial de Qatar. Le habíamos escuchado decir que le faltaban varios, y queríamos devolver algo de todo lo que nos habían dado. Pero lo mejor vino al final, cuando ya nos estábamos despidiendo: Danny pegó un grito que aún recordamos. Había salido la lámina más buscada, la del mismísimo Messi. Nos miramos entre todos y fue imposible no emocionarse.
Naranjito no fue una parada. Fue un abrazo.
Un recordatorio de por qué viajamos, de por qué vale la pena cumplir lo que uno promete, y de cómo las historias que empiezan en un país pueden terminar floreciendo en otro, con otros acentos, pero el mismo corazón.
A Leyton, a Deisy, a toda su familia: gracias.
Promesa cumplida.
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